Lo supe antes de poder nombrarlo. Me formé como economista, convencido de que ahí encontraría las respuestas que buscaba sobre pobreza y desarrollo. Las encontré, pero también encontré sus límites. Así que crucé un umbral que no estaba en ningún plan: dejé temporalmente los números y me fui a Nueva Zelanda a hacer y ver documentales, a liderar un programa de radio comunitaria, y a enseñar en una Universidad. No fue un descanso de lo serio — fue aprender, con una cámara y un micrófono, a escuchar de otra manera.
Ese aprendizaje volvió conmigo. Cuando regresé a trabajar en política pública y desarrollo humano —con el PNUD, luego con el ICBF, el Ministerio de Agricultura, UNICEF, MinTIC— no volví como el mismo economista que se había ido. Volví sabiendo que las cifras no bastan cuando hay que sentarse con una comunidad indígena que desconfía del Estado, o con una bancada legislativa que teme que una ley se use en su contra. En esos espacios aprendí lo que ahora sé con certeza: los acuerdos no se imponen, se construyen en la conversación honesta, incluso — sobre todo — cuando esa conversación empieza en el desacuerdo.
Más de quince años después, certificarme en Coaching Ontológico y en Liderazgo de Equipos de Alto Desempeño no fue empezar algo nuevo. Fue ponerle nombre a lo que ya hacía: acompañar a personas y equipos que están atravesando algo, sin fórmulas prestadas, partiendo de lo que cada quien todavía tiene para sostenerse.
Mi propia vida ha sido una sucesión de umbrales — de la economía al documental, del documental a la política pública, de ahí al acompañamiento. Ninguno de esos cruces fue huir del anterior. Cada uno fue atravesarlo.
Hoy pongo ese recorrido al servicio de quien esté cruzando el suyo — ya sea una persona en un momento de cambio, o un equipo que necesita reconstruir la confianza para seguir avanzando juntos.
