¿A qué pertenecemos cuando migramos? Identidad, hogar y la necesidad de ser vistos

Migrar implica mucho más que cambiar de residencia. Supone reconstruir seguridad, pertenencia e identidad en un nuevo contexto. En este proceso surge una pregunta fundamental: ¿cómo encontrar un lugar al cual pertenecer sin renunciar a quienes somos?

Los objetos que cruzan fronteras con nosotros

Hace poco escuchaba una entrevista a una mujer migrante, quien además ha destinado varios años a la investigación sobre el tema. Durante la entrevista ella planteaba una reflexión que quedó resonando en mi mente por varios días:

¿Nos pertenecen los objetos que cargamos cuando nos mudamos a otro lugar? O, por el contrario, ¿pertenecemos nosotros a ellos? ¿Son estos objetos símbolos o recuerdos de aquello a lo cual llamamos hogar?

Quizás los objetos importan porque condensan historias, vínculos y sentidos de pertenencia. Tal vez no cargamos únicamente fotografías, libros o utensilios; llevamos con nosotros fragmentos de identidad.

Y es precisamente sobre identidad y pertenencia que quisiera reflexionar a continuación.

No es necesario reiterar que crear un hogar fuera de casa tiene un impacto psicológico en las personas. Un impacto que no se limita a quienes migraron inicialmente, sino que trasciende a las generaciones siguientes.

La necesidad humana de pertenecer

Hace parte de la condición humana la necesidad de sentirnos parte de algo, de un colectivo. Hace algún tiempo, una clienta me decía con lágrimas en los ojos:

“Quiero contar con mi propia tribu.”

Ese llamado se soporta en la necesidad de contar con personas disponibles, confiables y emocionalmente accesibles. Es la necesidad de desarrollar una base segura: relaciones desde las cuales podemos explorar, aprender, asumir riesgos y crecer, sabiendo que contamos con apoyo cuando lo necesitamos.

El proceso migratorio a veces nos enfrenta a condiciones que nos llevan a dar pasos hacia atrás en la resolución de necesidades.

Reconstruir la seguridad lejos de casa

Abraham Maslow plantea que existe un orden en la satisfacción de necesidades. Para empezar, tenemos necesidades fisiológicas mínimas como comida, agua, descanso y refugio, que en el contexto migratorio cobran protagonismo. Conseguir vivienda, empleo o estabilidad económica suele convertirse en una prioridad inmediata.

Una vez resolvemos este nivel, aparece la necesidad de seguridad. Esta no proviene únicamente de factores materiales, sino también de la presencia de vínculos confiables. La seguridad no solo se refiere a un lugar, sino a una red de relaciones que nos permiten establecer confianza.

Migrar supone mucho más que un cambio de residencia. Al migrar nos alejamos de personas significativas, de rutinas conocidas y de lenguajes compartidos. Todo esto cuestiona nuestra sensación de seguridad.

Cuando empezamos a superar esa sensación de inseguridad, aparece la necesidad de amor y pertenencia. En muchos procesos migratorios, el sufrimiento no surge únicamente por las dificultades prácticas, sino por la pérdida de pertenencia.

Preguntas como estas pueden volverse recurrentes:

  • ¿Dónde encajo?
  • ¿Quién me conoce realmente?
  • ¿Con quién puedo ser yo mismo?

Y no siempre encontramos respuestas de manera inmediata.

Una vez percibimos que el amor y la pertenencia han sido alcanzados, aparece el reconocimiento. Maslow lo define como la necesidad de autoestima, valoración y logro. Algunas veces, personas altamente competentes en su país de origen pueden sentirse invisibles o poco reconocidas en el nuevo contexto.

No solo necesitamos pertenecer; también necesitamos sentir que nuestra presencia tiene valor.

Finalmente, llegamos a la necesidad de desarrollar nuestro potencial. Los adultos asumimos riesgos, emprendemos proyectos y reinventamos nuestra vida cuando sentimos que existe algún lugar —físico o relacional— al que podemos volver, cuando sabemos que existe una red que nos sostiene.

Cuando la pertenencia se pone en riesgo

Quisiera enfocarme en la necesidad de pertenencia y en lo que puede suceder cuando percibimos que esta se encuentra amenazada.

La sensación de pertenencia rara vez surge de grandes acontecimientos. Se construye a partir de pequeñas experiencias cotidianas: el café que visitamos regularmente, la relación que construimos con quien nos vende verduras cada semana o con la persona con la que conversamos ocasionalmente en el bar de la esquina.

El contacto físico es evidencia de pertenencia. También generamos pertenencia a partir de sabores, olores, formas y patrones en los que nos sentimos cómodos.

La amenaza de la expulsión genera ansiedad. La vergüenza aparece cuando el sentido de pertenencia se vulnera. Surge la autorregulación, la censura. Para evitar la exclusión, renunciamos a parte de nuestra individualidad.

La alternancia identitaria: traducirnos para ser aceptados

Cuando la percepción del riesgo aumenta, optamos por transmitir a otros la ilusión de algo que no somos. Nos ocultamos a plena luz del día.

Empezamos a reducir el peso de nuestra identidad para que otros se sientan cómodos a nuestro alrededor.

Las personas que, bien porque no pueden o porque no quieren ocultar su pertenencia a un grupo estigmatizado, terminan destinando una gran cantidad de energía y esfuerzo a reducir la visibilidad de su identidad para garantizar la comodidad de quienes les rodean.

Surge entonces lo que podría llamarse alternancia identitaria: una personalidad que encaja con el colectivo —la identidad externa— y otra que entra en escena en el ámbito privado, o incluso exclusivamente cuando estamos solos —la identidad propia—.

Nos traducimos para ser aceptados.

Es probable que en algunos momentos encontremos formas de cubrir nuestra identidad que no resulten problemáticas, incluso funcionales. Sin embargo, existen formas de ocultamiento que representan vulneraciones de derechos.

Muchas mujeres, por ejemplo, evitan hablar de la maternidad en espacios laborales por miedo a perder oportunidades o afectar su permanencia en el empleo.

La trampa de la asimilación

Dolorosa, pero sutilmente, caemos en la trampa de la asimilación.

Ponemos nuestra identidad en pausa, esperando el momento preciso para volver a mostrarla. Hemos llegado a un lugar para convertirnos en una identidad compartida.

Pero vale la pena preguntarnos:

¿Hasta qué punto la promesa del mosaico cultural —la posibilidad de convivir sin renunciar a nuestras diferencias— termina transformándose en una expectativa de homogeneidad?

¿Hasta qué punto la convergencia cultural puede estar desconociendo la existencia de comunidades que enriquecen el capital social de una sociedad?

La autenticidad como condición de la verdadera pertenencia

Es posible que con la práctica aprendamos a movernos entre distintos contextos e identidades.

Sin embargo, conviene preguntarnos qué ocurre cuando la versión de nosotros que es aceptada por los demás no coincide con quienes somos realmente.

La pertenencia auténtica no surge cuando encaja una máscara cuidadosamente construida, sino cuando aquello que pertenece somos nosotros mismos.

Tal vez el desafío no consiste únicamente en encontrar un lugar al cual llegar, sino en construir espacios donde no tengamos que desaparecer para ser aceptados.

¿Estás atravesando un proceso migratorio o una transición importante en tu vida?

En UMBRAL acompañamos a personas que buscan reconstruir sentido, pertenencia y bienestar en medio del cambio. Si quieres conversar sobre tu proceso, te invito a conocer nuestros espacios de acompañamiento individual y grupal.

Transitar no es lo mismo que huir. A veces, cruzar un umbral es el comienzo de una nueva forma de habitar el mundo.

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