Cuando la vida espera permiso: migración, tiempo y la falacia de la llegada

En una reflexión anterior en este espacio —“¿A qué pertenecemos cuando migramos?”— hablábamos de cómo, al migrar, muchas personas ponen su identidad en pausa: reducen su visibilidad, se traducen a sí mismas para ser aceptadas, esperan un momento más seguro para volver a mostrarse enteras. Llamábamos a esto la trampa de la asimilación.

Quiero volver sobre esa idea, pero desde un ángulo distinto: qué pasa cuando no es solo la identidad la que se pone en pausa, sino la vida entera.

Lo que he observado

Idaho está viviendo una transformación acelerada. Donde antes el paisaje económico era leche y campo, hoy se levantan plantas de microprocesadores que alimentan la carrera mundial por la inteligencia artificial. Miles de millones de dólares en inversión, una ciudad como Boise cambiando de piel casi a la vista.

Ese cambio ha traído dos olas migratorias que rara vez se cruzan. Por un lado, ingenieros y técnicos que llegan desde otros polos tecnológicos del país, con salarios que —para el estándar local— resultan extraordinarios. Por otro, población migrante —muchos venezolanos entre ellos— que sostiene la construcción y la operación de esos mismos proyectos, muchas veces desde la informalidad o la incertidumbre migratoria. Ambas olas presionan el mismo costo de vida. La vivienda sube para todos. Pero no todos suben con ella.

En mi acompañamiento a la población migrante venezolana, un patrón se repite con una claridad que incomoda: las personas hablan de su vida actual como un paréntesis. Un “mientras tanto”. Se ahorra, se trabaja, se sobrevive, en espera de que algo suceda —la decisión de un juez, un cambio de gobierno, una cifra suficiente en la cuenta bancaria— para entonces sí, empezar a vivir.

No es un rasgo de carácter. Es una respuesta razonable a una estructura que impone la espera como condición.

El tiempo como instrumento de control

La socióloga Angela García y sus coautoras, en un estudio publicado en Social Problems (2024), documentan algo que da nombre preciso a lo que muchos migrantes describen de forma intuitiva: el Estado controla el tiempo de las personas indocumentadas. No solo su presente —a través del miedo constante y la vigilancia—, sino su futuro entero, al condicionar cuándo (o si) llegará un alivio migratorio.

García propone algo especialmente útil: un enfoque de curso de vida. Su hallazgo central es que el momento en que una persona recibe —o podría recibir— una protección migratoria determina en qué área de su vida se concentra el impacto. Quienes reciben un alivio como DACA siendo adolescentes lo canalizan hacia la educación, porque están cerca de sus redes escolares y del apoyo familiar. Quienes lo reciben como adultos jóvenes lo canalizan hacia el trabajo, porque ya cargan con responsabilidades económicas propias. Y quienes son elegibles para un programa similar en la mediana edad —como el fallido DAPA— no esperan que cambie su trayectoria laboral ni educativa. Lo que anhelan es algo distinto: la posibilidad de cuidar a su familia sin miedo.

Esto último merece detenerse.

La generación que cuida en dos direcciones

García describe lo que llama la “generación sándwich” indocumentada: personas de mediana edad que sostienen económica y emocionalmente a sus hijos en Estados Unidos, mientras sus padres envejecen —y a veces mueren— en el país de origen, sin que puedan viajar a verlos.

Karla, una de las participantes del estudio, lo explica así: su madre vive con diabetes en México, ha empeorado con los años, y ella no ha podido visitarla en casi dos décadas. Tantos tíos, tantos abuelos han muerto sin que la familia haya podido despedirse.

No hace falta traducir esto al contexto venezolano en Idaho. La misma arquitectura del miedo —salir es arriesgarse a no poder regresar— separa a quienes cuidan aquí de quienes necesitan ser cuidados allá. Es una doble ausencia: no se está del todo presente donde se vive, ni donde se ama.

La falacia de la llegada

Hay algo profundamente humano, y no exclusivamente migrante, en posponer la vida hasta un punto de llegada imaginado. La psicóloga Laurie Santos, en su podcast The Happiness Lab, retoma un concepto acuñado por el psicólogo Tal Ben-Shahar: la falacia de la llegada (arrival fallacy). Es la creencia de que la felicidad —o la vida misma— comenzará cuando se alcance cierto punto: el ascenso, el matrimonio, el título. La investigación muestra que, incluso cuando ese punto se alcanza, la satisfacción esperada rara vez llega, o no dura.

En circunstancias ordinarias, esta falacia es una trampa psicológica que podemos —con trabajo interior— empezar a soltar. Pero en el contexto migratorio que describimos, no es solo una ilusión cognitiva evitable: es una imposición estructural. Nadie elige vivir en esa espera. La sostiene un sistema legal que decide, desde afuera, cuándo —si acaso— alguien puede empezar a vivir sin miedo.

Aun así, hay algo que vale la pena rescatar del cruce entre ambas ideas. Si la ciencia de la felicidad nos enseña que la vida no comienza en la llegada sino que se construye en el camino, entonces también hay una pregunta legítima para quienes migran: ¿qué parte de vivir plenamente es posible incluso sin la resolución de lo legal? No para minimizar la urgencia de esa resolución —que es real, y sigue siendo la prioridad—, sino para no ceder también el presente a la espera.

Volver a la pregunta de fondo

En nuestra reflexión anterior preguntábamos hasta qué punto la promesa de la convivencia multicultural termina convirtiéndose en una exigencia de desaparecer para encajar. Hoy añadimos otra capa a esa pregunta: cuando una sociedad exige años de espera legal, ¿no le está pidiendo también, sin decirlo, a millones de personas que posterguen su derecho a vivir plenamente?

Cruzar un umbral no es lo mismo que huir. Pero tampoco es lo mismo que esperar indefinidamente a que alguien más decida cuándo se nos permite cruzarlo.

¿Estás atravesando un proceso migratorio marcado por la incertidumbre?

En UMBRAL acompañamos a personas que buscan sostener sentido, identidad y bienestar incluso en medio de lo que no depende de ellas. Si quieres conversar sobre tu proceso, te invito a conocer nuestros espacios de acompañamiento individual y grupal.

Transitar no es lo mismo que huir. A veces, cruzar un umbral es el comienzo de una nueva forma de habitar el mundo.

Fuentes citadas en este artículo:

  • Menjívar, C. (2006). Liminal Legality: Salvadoran and Guatemalan Immigrants’ Lives in the United States. American Journal of Sociology.
  • García, A. S., Diaz-Strong, D. X., & Rodriguez Rodriguez, Y. (2024). A Matter of Time: The Life Course Implications of Deferred Action for Undocumented Latin American Immigrants in the United States. Social Problems.
  • Santos, L. The Happiness Lab (podcast), sobre la “falacia de la llegada” (concepto de Tal Ben-Shahar).

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