Lo que el pueblo Embera me enseñó sobre escuchar antes de nombrar

Reflexión para el Día Internacional de los Pueblos Indígenas

“Niñas y niños no participan en los procesos de toma de decisiones.” Esa fue la primera respuesta de las autoridades tradicionales Embera cuando les preguntamos cómo participaba su niñez en la vida comunitaria. Fue una respuesta honesta, y también incompleta — no porque ellos se equivocaran, sino porque la pregunta venía cargada de una forma de entender la participación que no era la suya.

Entre 2022 y 2024 lideré varias consultorías con UNICEF. En una de ellas, relativamente breve en el tiempo pero profunda en lo que dejó, el objetivo era analizar y proponer rutas para fortalecer la participación de niñas, niños y adolescentes indígenas en los espacios formales dispuestos a nivel territorial. Lo que encontramos en el camino tiene que ver con algo que atraviesa buena parte de mi trabajo, y que también es el corazón de UMBRAL: la diferencia entre huir de lo que no entendemos —nombrándolo rápido, clasificándolo, resolviéndolo desde afuera— y atravesarlo, quedándonos el tiempo suficiente para que la pregunta cambie.

La participación no empieza en la mesa

Desde la primera infancia, niñas y niños construyen su identidad jugando, explorando su entorno y coordinando acciones con otros. A través de hacer cosas juntos —no siempre con palabras— van reconociéndose como individuos autónomos, capaces de cuestionar la autoridad adulta y de construir la suya propia.

De acuerdo con varios documentos de UNICEF, la participación es un proceso que reconoce el derecho de niñas y niños a intervenir seriamente en los asuntos que les afectan y a influir en lo que ocurre a su alrededor. Implica también que las distintas comunidades estén representadas y sean escuchadas, y que los espacios de participación se adapten a las necesidades y capacidades de cada grupo. No es casualidad que el artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño establezca la participación como un derecho fundamental, y que ponga en cabeza del Estado la obligación de crear un entorno propicio para que las opiniones de niñas, niños y adolescentes sean escuchadas en las políticas y prácticas que los afectan.

El caso de Quibdó

En Quibdó se había identificado una participación muy baja —casi nula— de niñas, niños y adolescentes indígenas en la mesa territorial de participación. La primera apreciación del equipo dinamizador apuntaba a un desinterés de las comunidades, sumado a las dificultades de traslado desde sus lugares de residencia hasta los puntos de encuentro.

Para entender mejor, nos acercamos a las comunidades: entrevistamos niñas y niños, docentes de servicios del ICBF, autoridades tradicionales, líderes y representantes de organizaciones indígenas del departamento. Cuando les preguntamos a las autoridades tradicionales cómo participaban niñas y niños Embera desde el entorno familiar y comunitario, hubo primero desconcierto, y luego esa respuesta inicial: no participan. Pero al profundizar en la conversación, la respuesta se transformó. No es que no participen — es que no lo hacen en los términos que nosotros, desde una comprensión urbana y no indígena, esperábamos encontrar.

El mundo alrededor del fogón

El territorio ancestral del pueblo Embera Dobidá son los ríos del Chocó biogeográfico. De ahí se desprende todo: sus fuentes de alimentación, la forma de sus construcciones, y el sentido que estas tienen dentro de su comprensión del mundo. Alrededor del Tearate —lo que la colonización llamó “el Tambo”— transcurre la vida Embera. Para este pueblo no existe un solo mundo: son tres, donde conviven seres no-humanos, humanos y animales en distintas dimensiones de la existencia. El Tearate los integra a todos.

Está dividido en tres partes. Arriba, el mundo de los Dioses, cubierto por hojas de palma barrigona. En el centro, justo alrededor del fogón, el lugar donde los Embera construyen su vida cotidiana. Abajo, el mundo de los Jais: las energías materiales que constituyen la esencia de todas las cosas, capaces tanto de causar daño como de curar. El Tearate es también una simbología del cuerpo — cabeza arriba, tronco y vientre al centro, pies abajo — y una de las formas de mantener la conexión entre los tres mundos es la ombligada: siguiendo las orientaciones del Jaibaná, el cordón umbilical se entierra con plantas específicas que definen las características de la persona que acaba de nacer. El equilibrio entre los tres mundos se sostiene, precisamente, a través del fogón.

Es ahí, y en los espacios que de él se desprenden —el río, la montaña, la huerta— donde ocurren los primeros procesos de socialización de niñas y niños. Angélica Rico Montoya y otros investigadores de la UNAM, tras trabajos con pueblos indígenas en México, señalan que desde edades muy tempranas niñas y niños son responsables de tareas como cuidar a sus hermanos, sembrar, cosechar, participar en proyectos educativos comunitarios y en asambleas. La participación está anclada al vínculo colectivo: niñas y niños no se viven como un sector diferenciado de los adultos, sino como parte integrante de su comunidad.

En las comunidades Embera, esto se traduce en niñas y niños que participan con sus pares y con los adultos alrededor del fogón, del agua, de la montaña, del cultivo. Al hacerlo, no solo re-crean con sus pares el mundo que los rodea: crean y alimentan su propia cultura. La participación no es un espacio aparte de la vida comunitaria. Es la vida comunitaria misma.

Lo que se pierde cuando se pierde el territorio

El desplazamiento hacia Quibdó alejó a estas familias del fogón, del río, de la huerta. Las comunidades que lograron ubicarse cerca de fuentes de agua no pueden usarlas, por los altos niveles de contaminación. Otras se asentaron en zonas donde el cultivo es prácticamente imposible, perdiendo poco a poco sus prácticas propias. Y, a la vez, niñas, niños y adolescentes indígenas han quedado excluidos de los espacios con los que sí cuenta la niñez en contexto urbano: la escuela, los servicios de salud, las zonas de juego y recreación. Líderes y autoridades de las comunidades de Las Palmas, el Kilómetro Siete y Pandó lo expresaron de manera reiterada: sus niños no tienen acceso a ninguno de estos espacios.

El resultado es una doble exclusión. Sin el territorio, se pierden las formas propias de participación. Sin acceso pleno a la ciudad, tampoco hay acceso a las formas urbanas. Y aun así —esto es lo que más me quedó resonando— en las entrevistas fue evidente el interés de niñas, niños y adolescentes por participar en espacios cuya dinámica todavía les resulta incomprensible y distante.

No es un problema de voluntad

Nicolás Brando y Caroline Hart, investigadores que han trabajado ampliamente el enfoque de capacidades aplicado a la niñez, sostienen que los niños son mucho más capaces de lo que habitualmente se les atribuye, y advierten sobre la marcada tendencia de la sociedad moderna a subestimar sistemáticamente las capacidades de las nuevas generaciones. Al ejercer su libertad de agencia, niñas y niños pueden hacer voluntaria y conscientemente algún tipo de sacrificio personal para promover los intereses de otros.

Pero para que esa libertad de agencia se traduzca en participación real, hace falta lo que estos autores llaman factores de conversión: las disposiciones sociales, institucionales y estructurales que permiten que las capacidades internas de una persona se conviertan en opciones y libertades efectivas. No basta con que un niño tenga las habilidades para leer, por ejemplo, si el entorno no le da acceso a los libros ni un sistema que proteja su derecho a hacerlo.

En Quibdó, esos factores de conversión están profundamente comprometidos. No solo se perdieron los espacios propios de socialización — el fogón, el río, la huerta. También persisten fracturas entre las organizaciones indígenas representativas y la institucionalidad municipal: quejas sostenidas por incumplimientos, exclusión de espacios de diálogo, ausencia de políticas, planes y programas dirigidos específicamente a esta población. Son fracturas que, aunque no siempre se verbalicen, niñas, niños y adolescentes también perciben.

Atravesar, no huir

Cuando el equipo dinamizador de la mesa de Quibdó dijo por primera vez que había “desinterés” en las comunidades, no mentía — describía lo que veía desde su propio marco de referencia. Fue necesario quedarse, preguntar de nuevo, dejar que la primera respuesta (“no participan”) se abriera hasta mostrar algo más complejo y más cierto. Esa es, para mí, la diferencia entre huir de una realidad que no entendemos —resolviéndola rápido con la explicación más a mano— y atravesarla, dejando que nos transforme la manera en que hacíamos la pregunta.

Diseñar espacios de participación —o de diálogo, en cualquier ámbito— con comunidades indígenas exige antes que nada reconocer sus propias formas de participar, y trabajar sobre las condiciones estructurales que hoy se lo impiden. Es un ejercicio de escucha antes que de diseño, y de humildad institucional antes que de metodología.

Gracias a las comunidades Embera de Quibdó, a UNICEF, y a todas las personas que compartieron su tiempo y su saber para esta reflexión.

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