La confianza no se pierde una sola vez: se repara

Hay procesos de diálogo que empiezan asumiendo la desconfianza como punto de partida. Este texto es sobre uno de ellos — y sobre las tres cosas que aprendí, en carne propia, sobre lo que realmente sostiene la confianza entre quienes parten del desacuerdo.

Hace poco más de un año asumí, desde el MinTIC, la coordinación de un proceso de diálogo con los pueblos indígenas de Colombia: la construcción del Plan de Conectividad de y para los Pueblos Indígenas, junto con las 7 organizaciones indígenas más representativas del país y la Universidad Nacional. Ayer protocolizamos, ante la mesa permanente, el cumplimiento de ese compromiso.

Pero antes de llegar ahí, hubo un momento en que ese resultado parecía imposible.

En agosto de 2025, cuatro meses después de asumir el proceso, las organizaciones indígenas enviaron una carta pidiendo mi retiro, o la suspensión del diálogo. Creían que yo tenía un interés personal en que la Universidad Nacional fuera el apoyo técnico del proyecto. No lo tenía — mi único interés era que el Plan contara con una institución con el reconocimiento suficiente para que el resultado tuviera valor real. Pero en ese momento, tener la razón no bastaba. Había que reconstruir la confianza desde cero.

Esa semana entendí algo que no había podido nombrar con tanta claridad antes: la confianza institucional no se sostiene en una sola cualidad. Se sostiene en tres.

La primera es la sinceridad — no la que garantiza tener siempre la razón, sino la coherencia entre lo que pensamos y lo que decimos. Mi tarea esas semanas no fue defenderme. Fue limitar mis compromisos exclusivamente a lo que efectivamente podía cumplir, y dejar que el tiempo mismo confirmara que no había una intención oculta.

La segunda es la competencia — la habilidad real de hacer lo que se promete. Fue, quizás, la dimensión donde con más tranquilidad avanzamos: con el tiempo, llegamos a reconocer mutuamente la competencia del otro para las tareas que teníamos por delante.

Y la tercera es la responsabilidad — no la que nunca se equivoca, sino la que sabe hacerse cargo cuando algo no se puede cumplir, y renegocia a tiempo en lugar de simplemente incumplir. Si algo aprendí en dos décadas trabajando en lo público, es que ninguna organización valora más que la humildad institucional: aceptar, con calma pero con disposición, que pudimos equivocarnos, y estar abiertos a construir una nueva ruta.

Ese momento de agosto no fue el final del proceso. Fue, en realidad, donde empezó a construirse la confianza que ayer nos permitió protocolizar este compromiso — y que espero sea, más que el documento mismo, el principal activo para lo que sigue: convertir estas recomendaciones en acciones concretas para las comunidades.

La confianza no se pierde una sola vez y se acaba. Se pierde, se repara, y —si se hace bien— queda más sólida que antes.